De vuelta a Point O’Pines

agosto 15, 2016 3:34 pm
Publicado por Dominique Barkhausen

Todavía recuerdo vívidamente ese verano de 2004, cuando con 11 años me monté con mis amigas Isabela, María Amelia y Raquel en una guagua que iba desde Manhattan hasta Brant Lake, un espacio un tanto rural —traducción: monte y culebra— en el estado de Nueva York. Ese era el principio de un recorrido de cinco horas que durante ocho semanas me iba a alejar de mi casa, mis papás y mi comidita dominicana, para alojarme en el campamento para niñas Point O’Pines.

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Al llegar, quedé impresionada con los pinos, el lago, la vista: era otra cosa. En mi cabañita, la Bunk 16, éramos nueve niñas y tres consejeras. Los días pasaban entre los deportes —ahí aprendí a esquiar en el agua—, las actividades creativas y el coro con mis nuevas amigas.

Lo disfruté tanto que terminé volviendo en 2005, 2006 y 2007, y cada vez que me despedía del lugar la escena terminaba en llanto. A partir de ahí, todos los veranos veía las fotos de Point O’Pines en Facebook, y me quedaba con las ganas de ser niña y volver allá.

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2006

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2006

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2006

Hasta que se me presentó la oportunidad… pero no necesariamente como niña.

El pasado noviembre me animé y le escribí a la directora del campamento con una propuesta para enseñarle a cocinar a alumnitas de entre cinco y 15 años. Tres e-mails después, tenía un trabajo como instructora gastronómica para dar dos semanas de clases. Duré algunos meses trabajando en elaborar recetas prácticas para las niñas —sobre todo porque, por temas de prevención de ataques alérgicos, ninguna podía llevar nueces, y ustedes saben lo mucho que las uso—, y al final terminé con un listado de 20.

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Imaginen mi emoción al volver a ver a los directores —Jim, Sue, Sherrie and Jim: HIIIII!- y a mis profesores de tenis de hace 10 años. Sin embargo, el lunes descubrí que la experiencia de ser visitante es diferente a ser parte del equipo: ¡Muchísimo trabajo!

Mis jornadas comenzaban con una corrida a las 7:00 a.m. y desde ahí hasta las 9:00 p.m., cuando sonaba la campana para volver a las cabañitas, daba hasta siete clases por día —para luego ir a las clases de crossfit del staff, que comenzaban a las 9:15 de la noche—.

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No puedo explicarles lo emocionada que me sentí al poder compartir mis conocimientos con las niñas, o la hermosura de la finca donde me tocó trabajar. Allí les enseñé a hacer una pizza de coliflor —con la receta extraída de mi libro Eat, Love, Vita—, hummus, bizcochitos de todo tipo y galletitas, usando manzanas, chocolate, palomitas, avena, mango, guacamole ¡De todo! Cada día mis estudiantitas llegaban emocionadas a mi “aula” casi cantando un “What are we cooking today?”. ¡Eran adorables!

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Estoy sumamente agradecida por esta experiencia, y Point O’Pines seguramente me verá el año entrante. El saber que mis conocimientos, mi nombre y mi marca han llegado tan lejos me sigue llenando de orgullo.